DE GALA SIN ANTONIO…

Este pasado fin de semana estuve en una gala benéfica. Mi alta posición social, algún título nobiliario que otro y mi fortuna, fueron los causantes de que llegara a mi pequeño y amarillo buzón una invitación para la “Gala Navideña a favor de todos aquellos que no tienen nada”. Bonito y corto título para un acto de recaudación monetaria.

Se me ocurrió al ver la invitación, que llegadas estas fechas, comienzan los actos de buena voluntad en el que aquellas personas que no sienten nada hacia sus semejantes el resto del año, se erigen como los grandes benefactores de la sociedad. Esta es una buena manera de quedar bien ante los ojos de quienes tienen mucho dinero y poca disposición de gastarlo. Unos buenos ciudadanos que con su aportación a tan buena causa, tienen la oportunidad de mostrar sus mejores coches, sus mejores ropas y, sin que parezca un comentario machista, sus jóvenes mujeres.

Al llegar al hotel de concentración, y no les hablo de fútbol, me di cuenta de que con la fortuna total de los allí presentes, se podría haber erradicado la pobreza de más de un continente, aunque siendo objetivo también pude comprender que no era justo privar a los más ricos y famosos de sus millonarios caprichos sólo porque mueran al día en un país subdesarrollado no sé cuantos niños.

Una vez en el interior de la sala elegida para esa gran gala, pude comprobar la actitud displicente de casi la totalidad de los ricachones al ver que en una noche como esa se verían obligados a “regalar” mucho, mucho dinero. Sacrificio recompensado por la repercusión mediática de ser el nuevo Mesías de los más pobres, y más en Navidad. Pues empezado todo y tras la charla de los organizadores, que de esta forma también consiguen que se vea que buenos son, comenzó la gala. Unos pequeños aperitivos, champagne por doquier y un cuarteto músical acompañaban la velada. ¡Vamos, que ante tanto glamour, sólo faltaba el de la bandejita de los Ferrero Rocher!

Lo que más me sorprendió de todo fue ver que, tras insulsas conversiones, vacíos comentarios sobre el estado del “Dow Jones” o el “Ibex” y constantes “escanners” de unos a otros para encontrar cualquier fallo en la indumentaria contraria, todos parecían evitar la presencia de una joven que iba regalando bolígrafos por todo el salón, algunos eran sorprendidos por la muchacha y se veían obligados a aceptar el presente. Pero yo, ni corto, ni perezoso, preferí seguirla y esperar a que se fijara en mí para recibir un bonito detalle que me recordara no volver a galas de ese tipo.

A los pocos minutos de tener en mi poder el bolígrafo, me sorprendió el anuncio, a través del organizador, de que todos aquellos que tuvieran en su poder, el gran instrumento de escritura podían subir al escenario. Lo que más me impactó fue que al mirar alrededor para ver quienes me acompañarían, sólo veía bolígrafos en el suelo, en la ponchera o debajo de los canapés.

Ante tanto desertor, subí al escenario y me atuve a las consecuencias. Poco hay que decir de cual era el cometido del bolígrafo, el mismo, servía para “donar”, como ven, libremente, una aportación dineraria escribiendo en un gran cheque la cantidad a aportar. Tras escribir el importe, logré que todos lanzaran una exclamación al ver que entre ellos se encontraba un nuevo rico y que había pasado completamente desapercibido. La cantidad que ofrecí: 1 millón de euros.

Estimados amigos, sepan que mi cuenta bancaria se caracteriza por recordarme constantemente el dinero del que creo disponer a través de un bonito color rojo y el guión que precede a dicha cantidad, que no es una señal, sino un signo menos. Dicho esto sólo decir que pude salir libremente de la gala gracias a mi ingenio al hablar con el organizador del evento afirmándole que esa cantidad sería donada si recibía un informe contable diario en el que se mostrara qué se estaba haciendo con el dinero, además de otro informe para ver a quien iba dirigido y demás.

Obviamente, y como suele ser habitual en estos casos, la mayor parte del dinero serviría para sufragar los gastos de la gala, pagar a la prensa para que publicaran la noticia y las fotos de tan concurrido acto y si sobraba algo ya se vería que se hacía con el. Así que lo mejor que me pudo pasar esa noche es que por un momento, pensé que tenía un millón de euros y casi lo cambio por un bolígrafo.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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