INVISIBLE NO ES EL HOMBRE, SINO EL AMIGO…

¡Qué bonita la Navidad!, ¿verdad? Las calles llenas de gente, los centros comerciales a rebosar, las carreteras intransitables, los villancicos sonando en todos los locales que visitamos, en definitiva, todo lleno, menos nuestras carteras.

¿Qué va a pasar en estas navidades en las que la mayoría de las personas o no tienen trabajo, o la temporalidad del puesto que ocupan pende de un estornudo del jefe? Pues que se agudiza el ingenio y se buscan alternativas para que la crisis no empañe unas fiestas tan bonitas. Y es que me encanta proponer cosas, ustedes ya lo saben, para que sean otros quienes las lleven a cabo.

Por ejemplo, si su familia es numerosa, hablemos de 30 ó 40 hermanos, 300 ó 400 primos y casi mil tíos y tías, que mejor alternativa al habitual regalo personificado, que la de jugar al amigo invisible. Esta es una forma de que todos reciban un regalo y a su vez, nadie sufra los estragos de tan caro mes. Recuerdo que un año, en el trabajo, jugamos a este juego. ¿Quieren saber lo que pasó? ¡Vale!, seguro que sí. Pues les cuento…

En mi oficina éramos unas 10 personas, sin contar al jefe y como ese año la paga de Navidad se nos iba en la fotocopiadora nueva (algo que decidimos entre todos los trabajadores por unanimidad cuando el jefe nos dijo:”Este año no hay paga, el dinero es para la fotocopiadora”) decidimos como les decía, ante la falta de ese ingreso extra en fechas tan necesarias, que podíamos regalarnos entre nosotros y así darle un respiro a nuestra economía.

Una vez que se hizo el sorteo, el jefe que también participó, fue pasando uno por uno, entregando la papeleta doblada, con el nombre del que sería nuestro amigo invisible. Una vez finalizada la rifa, las dos normas principales eran claras: una, dejar el presente en el cajón del amigo invisible que nos había tocado y la segunda, el tope del regalo no podía pasar de 10 euros. Bueno, está bien me dije, no es mucho y algo conseguiré que sea mono y baratito. Pero la suerte no estaba de mi lado amigos míos ya que me tocó, desafortunadamente, mi jefe.

¡Qué le regalas tú con 10 euros a un jefe que tiene un BMW y todo lo que lleva es de marca!, hasta la marca de la marca, es de marca, imagínense que problemón. Lo normal en estos casos es preguntarle al compañero de al lado, sin desvelar quien te ha tocado, que va a hacer él. Así que le pregunté al Barreto que tenía pensado hacer. Me dijo que prefería darle los 10 euros en un sobre porque no tenía tiempo de hacer compras este año y su amigo invisible, no era el que él quería que le tocara. Seguro que le tocó el administrador, Arencibia, imaginé, como no pueden ni verse.

Pues como la solución de Barreto no me pareció mal, pensé en hacer lo mismo, se que era cutre, pero con la excusa de no tener tiempo de ir de compras, tampoco tendría que gastarme más dinero en un regalo para mi jefe. Así que llegado el día cogí mi sobrecito y se lo puse en el cajón del jefe antes de irme.

Queridos y queridas, al día siguiente al abrir mi cajón para buscar el regalo que me correspondía, lo único que encontré fue una nota que decía gracias. Al levantar la cabeza buscando al listo que se había reído de mí, me di cuenta de que mis compañeros sostenían una nota similar. Al final el jefe, que ese día no fue a trabajar, había amañado las papeletas y se llevó los 100 euros del personal. Bueno, no fue ese día, ni ningún otro. Por cierto, estuvimos 2 años haciendo las copias de los documentos a mano, la fotocopiadora tampoco apareció.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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