AND THE OSCAR GOES TO…



Supongo que a estas alturas aún se estarán preguntando por qué estaba yo tan espeso ayer lunes. Bueno seguramente ni se lo están preguntando ni quieren hacerlo, pero como es un bien inicio para esta editorial, haré como que tienen interés en qué me pasaba el lunes y así les cuento.


Resulta que estuve en la Gala de los Oscar de Hollywood, si esa en la que el Glamour va de la mano de la Fama. En una cita tan importante no podía faltar alguien como yo, icono del peliculero por excelencia. Y no por los filmes en los que he participado, que se quedan en las grabaciones que de mí hay en las cámaras de seguridad de las gasolineras de Canarias, mientras compro los casettes de los últimos éxitos de la Orquesta Solajero, no, sino más bien, por mi capacidad de inventarme cosas sin ton ni son y que ha provocado que muchos me consideren ya un gran peliculero. De ahí que me llegara la invitación para asistir a esta gala.


La gran cita del Cine, volvió a reunir a lo más selecto de cada casa que, como es tradición, mostraron sus modelos y sus peinados en la alfombra roja. Yo para este día elegí un corte de pelo bastante sencillo cuyo estado natural se basó en el archiconocido eslogan de “más claro que calvo”. Y en cuanto al traje, me decanté por un diseño de “Juanita Pérez” la costurera de mi barrio, que con la aguja es una artista.


Una vez ya en el interior del Kodak Theatre, el asiento que me correspondía no me gustaba, ya que eso de estar en primera fila y ser el objetivo de todas las cámaras nunca me ha llamado la atención, así que preferí ceder mi sitio a Penélope Cruz, que se quedó encantada, por poder sentarse junto a Javer Bardem. Así es, esa imagen en la que se les ve cogidos de la mano en todas las televisiones del mundo se pudo tomar gracias a mí. Por mi parte, mi nuevo asiento me dejaba justo al lado de Angelina Jolie, por la izquierda, y de Demi Moore, por la derecha, algo que también las dos actrices agradecieron.


La gala en sí fue más de lo mismo, pero lo que me llamó mucho la atención fue saber por Sandra Bullock, buena amiga mía con la que suelo jugar los domingos al dominó, que la academia para este año les había prohibido llorar si resultaban premiados con una estatuilla. Según los organizadores, si algo queda mal, es que el público se tenga que tragar las lágrimas de los homenajeados. Yo en mi opinión he de decir que si a alguien le molesta un llanto es a un difunto pues se supone que está entrando en el descanso eterno y los lloriqueos en ese trance distraen hasta al que más tieso está. Y es curioso que en una entrega de premios exijan contener la emoción, cuando lo bonito es que uno pueda expresar sus sentimientos así, si lo que no te salen son las palabras.


Lo cierto es que tras la gala, no pude quedarme a las diferentes fiestas de los galardonados puesto que tenía que venirme corriendo a la radio para hacer este programa y de ahí que por culpa del Jet Lag y del cambio horario ayer estuviera yo tan espeso, motivo razonado a petición de todos ustedes como ha quedado patente al comienzo de esta editorial. Lo que no les dije es que yo también me vine con un Oscar, con mi amigo Oscar Wilde, que me acompaña en los trayectos largos con su gran novela “El retrato de Dorian Gray”.

Y es que donde esté un buen libro, que se quite cualquier mala película.



Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.


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