¡¡¡QUE LLEGUE EL JUICIO FINAL QUE ESTA MUELA ME LA HE DE SACAR !!!



¿Hace cuanto no van al dentista? Yo concretamente estuve ayer. Lo digo también por si notan algo extraño en mi manera de hablar, así como si fuera uno de los participantes de Gran Hermano, vamos, que no se me entiende mucho al hablar.


Hacía bastante que no iba al dentista, es más según constaba en mi expediente el encuentro que tuvimos el odontólogo y yo databa de enero de 1968, gran año aquel. Pues la visita en este nuevo siglo al dentista me ha servido para comprobar como ha adelantado la práctica de este ancestral arte de cura bucal.


En primer lugar ya no te cogen la boca como si fueras una yegua y te tiran de la lengua para ver, en el mejor de los casos hasta donde llega la misma. Ahora te sientan en un cómodo asiento, te ponen unos “salvamanteles” y todo ello acompañado de una música muy suave para que te relajes.


Las diferencias que he encontrado también en este nuevo siglo radican en la forma de explorarte la boca y de llegar a la conclusión del mal que te aqueja. Ahora, el doctor, que lleva guantes de latex, utiliza unos instrumentos extremadamente delicados con los cuales explora toda nuestra cavidad bucal en busca de caries u otros elementos perjudiciales que estén provocando nuestro dolor, para ello se acompaña de un pequeño succionador que absorbe nuestra saliva. Y si no da con el problema, nos hace una radiografía en el momento con un sofisticado aparato de Rayos X.


Antes, el matasanos nos metía la mano en la boca, mano que en el mejor de los casos olía a estiércol. Sus uñas por cierto, servían para explorar nuestros dientes y muelas. Uñas, todo hay que decirlo que sí no tenías una caries te la provocaban daba la gran cantidad de residuos que podían llegar a acumular. En cuanto a la saliva, se nos dejaba babear hasta que el charco se hacía bastante grande y si tampoco localizaban en el momento el centro neurológico de nuestro mal, nos ponían a la luz para ver mejor, esos eran los Rayos X de la época.


Y que me dicen de las alternativas para curarnos. Ahora nos tupen a anestesia, nos ponen coronas, tornillos, nos desvitalizan la pieza, nos hacen un molde de la misma y si los dejamos nos colocan una réplica de una escultura de Donatello para que luzca bien. Cuando antaño, la única opción era, tómate un trago de ron que te voy a arrancar la muela esa con unas tenazas. Y aunque el método era arcaico, era rápido y te dejaba un sabor a Ron bastante agradable, aunque claro, eso era por el trago previo.


Es verdad que por suerte para todos, estos adelantos en la medicina dental han atenuado en gran medida nuestro dolor, pero el dolor más grande de todos en vez de disminuir ha aumentado y que no es otro que el que se produce en nuestro bolsillo. Antes a mi dentista, que además era un amigo, le pagaba con un cochinillo para que lo asara. Ahora, al que es mi dentista, le pago en metálico y con la cantidad de dinero que me levanta, les aseguro que mi anterior odontólogo se habría comprado dos fincas de cerdos. Ese es el dolor que no nos quita nadie. Por lo que de esta forma cobra aún más fuerza la frase que asegura que: Dios cura, el médico sólo cobra la consulta.


Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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