LA FIESTA Y LA SIESTA



A estas horas y me acabo de levantar de dormir la siesta. Da igual la hora, para mí es el mejor momento del día y más cuando no hay quien me despierte. Eso mismo le debe pasar a Daniel Dorado, un abogado que en estos días ha conseguido lanzarse al estrellato mediático tras solicitar a la Presidenta de la Comunidad de Madrid que declare la siesta como Bien de Interés Cultural.


Y es que el letrado, adjetivo que he utilizado no porque lleve un traje lleno de letras sino porque así se denomina a los abogados, ha lanzado esta propuesta ya que considera que reúne las mismas condiciones para ello que la fiesta de los toros. Iniciativa, esta última, que es apoyada por Esperanza Aguirre y su grupo político. El abogado en cuestión, obviamente es especializado en la protección de animales, por lo que no ha dudado en hacer referencia a la similitud existente entre un arte y el otro.


Lo más curioso es que yo por mucho que pienso, no le veo muchas cosas en común. Ya que en la fiesta de los toros, el torero va embutido en una malla rosa, lleva zapatos de bailarina y la montera, que más que gorro o sombrero, parece el diseño de un tricornio desde el punto de vista de Agatha Ruiz de la Prada. Sin embargo, yo para la siesta, no me pongo un pijama de la Barbie, ni un gorro negro deformado y menos zapatitos de princesa, aunque alguno que otro sí lo haga, yo no.


Y ya sí les hablo del sufrimiento del toro, les hablo de una condición sin parangón respecto a la siesta. El pobre animal ve como le clavan banderillas, una lanza grande, que gracias a mi ignorancia taurina desconozco cual es su nombre, y después de ser mareado a base de capotazos, le clavan el estoque hasta el fondo dejando que sufra hasta ver como muere. Pero qué demonios hay en la siesta que se le parezca, si lo mejor que nos puede pasar es que tengamos un sueño pesado y tengamos que dormir un rato más.


A lo único, y de verdad lo digo, que le encuentro equiparación con la fiesta por excelencia de los españoles es a nuestro despertar tras haber descansado un rato después de comer. Es tal la satisfacción que al levantarnos nos estiramos, nos damos un golpecito en la barriga y en virtud de orientarnos, hacemos un giro sobre nuestro eje buscando quizá la aprobación de los congregados en el sofá, algo que si llegamos a estar en una plaza de Toros, nos habría servido para levantar los vítores de los allí presentes jaleándonos y gritándonos ¡Torero, Torero!


Se que la Fiesta de los Toros es cruel y aunque aseguren que los animales no sufren, nadie lo puede afirmar. Por lo que si una fiesta nacional como es esta, y que cuenta con un gran apoyo en la sociedad española, es declarada Bien de Interés Cultural, que sea declarada de igual forma, la siesta, porque un sueñecito a medio día sí que no tiene detractores. Y eso, lo digo estirándome, porque me da que soy de los pocos que la pueden disfrutar. Y me parece muy triste que se pierda algo tan importante de la cultura española como es la siesta. Así que votemos a favor de que sea obligatoria y cambiemos el refrán aquel que dice: No duerme quien quiere, sino quien puede…


Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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