RELOJ NO MARQUES LAS HORAS…

Ya me ha vuelto a pasar, recomendar algo para luego ser el primero en no llevarlo a cabo. Hablo del cambio horario. Calculo que la pasada semana se lo comenté a casi 4 mil personas aproximadamente. A la mitad de ellos se los expliqué a través de una llamada, no una llamada para los dos mil, sino una llamada a cada uno, y a los otros a través de sms, y todo con el teléfono de mi madre, me da que le agoté el saldo. Pues el pasado sábado, mejor dicho, en la madrugada del sábado al domingo, se cambió la hora de sitio. Dio un pasito hacia delante que le costó 60 minutos y a mi uno de tantos disgustos.


Para ponerles en antecedentes, algunos dicen que el cambio horario comenzó a llevarse a cabo allá por el año 1974, gran año, y a razón de la crisis petrolífera que provocó que se buscaran alternativas que se fundamentaran en el ahorro energético. La principal, fue la de cambiar la hora para contar con mas horas de sol y reducir así el gasto en el consumo de electricidad.


Pues como les decía, la hora se cambiaba y yo me olvidé. Con tanta Semana Santa, tanta Operación Salida y tanto ajetreo olvidé hacer el cambio. Este despiste ha provocado que esté aquí escribiendo esta editorial y no en las Islas Fidji, lugar donde iba a pasar unos días de vacaciones. Al contar con la hora antigua perdí mi vuelo. Cuando llegué al aeropuerto, ya todos los pasajeros habían embarcado…que por cierto, y permítanme el inciso, en un barco se embarca, por lo que en un avión se debería ennavionar y no embarcar. Pues como les decía, cuando llegué todos los pasajeros habían ennavionado y me quedé sin subir al avión.


Ante la posible depresión que me sobrevenía decidí llamar a Tele-Psicólogo, ya que atienden a domicilio y a cualquier hora, para que me ayudaran. El efecto de esta ayuda profesional fue tan resolutivo que incluso me aclaró que el cambio de hora no lo hice porque me hubiese olvidado. No cambié la hora, según el diplomado (esto es porque tiene un diploma y no un título) porque tengo un trauma adolescente que provoca que cuando hay que cambiar la hora mi cerebro libere unas endorfinas que sesgan el fluido espacio temporal. Aunque la explicación que más clara me quedo fue la de que, tenía un trauma porque de joven trabajé en una relojería y me tocaba a mí cambiar la hora, cuando se producía el cambio horario, de los 372 relojes que allí había.


No obstante y se los digo para que lo tengan presente, me da la impresión de que no voy a cambiar la hora por dos cosas. Primero, porque se supone que cuando llegue el momento habrá que volver a hacerlo y me niego a que me vacilen con, dale para adelante o dale para atrás. Y segundo, porque en realidad, a mi sofisticado método de control del tiempo no hay quien le cambie la hora ya que mi reloj , es un reloj de arena.


Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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