A PIÑÓN FIJO…

Hace unos días dio comienzo la Vuelta Ciclista a España. Una de las citas del deporte de las dos ruedas sin motor que congrega a los mejores corredores del mundo y que estos, a través de las duras etapas que conforman la prueba, intentaran alzarse como vencedores del máximo galardón ibérico de este deporte.


A todos aquellos que en la infancia nos gustaba subirnos a una bici, para dar una vuelta con los amigos o incluso para fardar haciendo caballitos o derrapes ante el grupito de niñas que siempre se mantenía a una prudencial distancia de nosotros (por decir sus madres que eramos unos gamberros), no entendemos como un placer como es el de llevar el control de tan sencillo método de transporte, se puede convertir en un deporte cuyo desgaste físico haría sufrir hasta al mismísimo Sansón.


Quizá esté hablando desde la ignorancia que me caracteriza, pero creo que este es un deporte carente de emoción. No veo que interés me puede despertar el que, tras horas y horas sentados en un incómodo sillín, a uno de estos corredores le de por acelerar ligeramente el ritmo para situarse a unos pocos metros del resto de pelotón. Que por cierto, cada vez que oigo que el pelotón logró dar caza al escapado, pienso que este pobre corredor va a terminar siendo fusilado.

Y si es verdad que es un deporte que cuenta con seguidores, ya que sino habría sido eliminado de la parrilla televisiva hace mucho tiempo. Pero no nos engañemos, hay mucho jubilado en España y a falta de obras que supervisar, por culpa del Ministerio de Fomento, buenos son los paisajes que se pueden ver constantemente en la pequeña pantalla. Recuerdo la historia que le contaba un abuelete hace algún tiempo a su pequeño nieto y en la que le relataba que había recorrido Francia, Italia y España en multitud de ocasiones. Más tarde comprobé, que sus viajes se resumían por las diferentes ediciones del Tour, el Giro y la Vuelta vistas en la caja tonta.


Lo que sigo sin entender es como consiguen mantenerse en pie después de tantas y tantas horas sentados y pedaleando, subiendo puertos de montaña, bajando pendientes a altas velocidades y sobre todo aguantando los gritos de ánimo de los congregados a uno y otro lado de la carretera. Eufóricas palabras de aliento que no sé si podría soportar porque el que me grite un tío en la oreja; ¡Vamos campeón tu puedes!, o cosas similares, a mi me daría mas por bajarme de la bici y preguntarle; ¿puedo que? ¿Y campeón por qué? ¿Acaso me has visto que haya cruzado la meta?


Pero dejando a un lado crispaciones, la entereza de estos superhombres que hacen todo lo posible por dar la talla haciendo girar con esfuerzo los piñones de su bicicleta para llegar a la meta y recibir a cambio de su victoria, un ramo de flores y un peluche, no tiene precio.


Yo mientras continuaré en el tiempo que me queda de vacaciones, con mi bici de cuatro ruedas, ya que aun es pronto para retirarle las ruedas pequeñas de seguridad, y haré el esfuerzo justo y necesario, que no será otro que el de mostrar a todos los jubilados del parque donde transito, que para mí, y como escribiera Fernando Fernan Gomez, las bicicletas son sólo para el verano.


Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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