¿PUEDO TRABAJAR DESDE ESTE CHIRINGUITO DE PLAYA…?

Qué caras pude ver ayer día uno de septiembre mientras me dirigía al trabajo. Rostros demacrados, ojeras que parecían oscuras cavernas y pieles rojas por el exceso de sol, hacían parecer a todos aquellos, que a ritmo acompasado, se dirigían a su lugar de trabajo. Un conjunto de zombies desorientados sin saber adonde ir, pero directos a su destino…su tumba laboral.

Y es que aquellos pocos que aún conservan su trabajo y aún me atrevería a destacar que, los menos que han podido disfrutar de vacaciones, han tenido que volver a su puesto habitual de sustento económico hace nada, con la consiguiente depresión postvacacional. Una patología, según dicen los expertos, que no tiene fundamento alguno puesto que no está considerada como enfermedad.


Según los que saben, y por todos es sabido, que son aquellos sabiondos que dicen saber como somos y que disfrutan al saber con lo poco que sabemos de nosotros mismos: la depresión postvacacional es tan solo un estado mental de adaptación tardío o lo que podríamos denominar, de forma mas terrenal, una faena por no poder levantarte a las diez de la mañana y tomarte una caña a las dos de la tarde. Estado según apuntan, que se acentúa con la llegada al trabajo y la imposición habitual de horarios y rutinas.

Claro que viendo donde esta el problema es fácil encontrar la solución. Y el remedio pasaría por levantarnos temprano, como si estuviéramos en el trabajo, ser dinámicos y eficientes en nuestras vacaciones y acostarnos estresados pensando en el mal día que tendremos en la jornada siguiente siguiente. O eso, o mejor aún, trasladar nuestras vacaciones a nuestra profesión. Llegar a las diez y media al tajo. Salir a tomar unas cañas a las doce y poco, y tirar para la playa si sale el sol a eso de las dos de la tarde. Seguro que por la noche la ausencia de estres nos dejaría dormir a pierna suelta.


Recuerdo el caso del primo de mi tío Anselmo al que le dieron la baja por tener síndrome postvacacional. Al pobre hombre llegado el dia uno de septiembre se le venia el mundo encima. Bajaba tres kilos en una hora, se quedaba blanco como el papel y le atacaba un temblor incontrolable. El médico al ver que no tenia solución, le dio de por vida, 11 meses de baja, el mes que le quedaba lo cogía de vacaciones. Luego me entere que este hombre trabajaba con su esposa y su suegra.


Pues por casos como este y por muchos más yo prefiero no tener vacaciones, así evito tener problemas al reincorporarme a mi puesto de trabajo porque conociéndome no tendría “síndrome postvacacional” sino más bien “distrofia postvocacional”. Y es que ya lo dijo Henry Ford: “Pensar es el trabajo más difícil que existe. Quizá sea ésta la razón por la que haya tan pocas personas que lo practiquen…”


Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera.

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