QUIEN DIJO MALAS PULGAS…

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40 años nada más y nada menos son los que han tardado en resolver uno de los mayores enigmas de la historia de la ciencia. No hablo del descubrimiento de la enigmática y enzimática cepa, que se sepa, que provoca que tengamos virús. Y tampoco me refiero a la solución de la fórmula por la que se establece un sistema de neoconservadurismo en la gravitación del centro de masas. En esta ocasión me refiero a que por fin ya sabemos cómo las pulgas logran saltar tan alto. Y ha sido un grupo de científicos de la Universidad de Cambridge  los que con su descubrimiento han dado con la solución.

Al parecer el misterio reside en las patas, llamadas también Tarsos y a sus deditos que hacen que este insecto de apenas dos milímetros, pueda saltar una distancia de dos metros. si buscáramos un equivalente humano al respecto, un humano de unos 170cm, y sepan ustedes que he estado dos días para hacer el cálculo puesto que nunca se me dieron bien las reglas de tres, podría dar un salto de 1700 metros, o sea casi dos kilómetros.

Sólo de pensarlo se me pone una sonrisa en mi bonita cara. Se imaginan ustedes tener la capacidad de dar un salto así? Nos vendría de maravilla para escapar de esas situaciones incómodas en las que quieres que la tierra te trague. Que te declaras a la chica que te gusta y te manda a freir espárragos? Pues das un salto de dos kilómetros y si te he visto no me acuerdo. O qué te encuentras a la salida del portal con Juanita, la vecina del quinto, que no para de contar chismes de todo el vecindario? Pues das un salto de dos kilómetros y si te he visto no me acuerdo.

Lo que será dificil saber es, si este descubrimiento podrá ser extensivo a los humanos. Injertarnos patas de pulga para poder trasladarnos a saltos sería la solución al problema de los atascos y los prolongados viajes en carretera. Lo malo sería que de repente nos convertiríamos alérgicos a los collares antipulgas y eso sin contar el rechazo que sentirían nuestros fieles amigos los perros a nosotros. Sería muy triste ver como al acariciar a nuestro perro, éste nos rechaza a base de zarpazos de sus patas traseras.

La verdad que nos alegramos que después de 40 años estos buenos señores hayan dado con la solución a algo que, por lo menos a mí, no me dejaba dormir y que pena que no se me ocurriera antes que a ellos, pero está claro que las ideas son como las pulgas, saltan de unos a otros pero no pican a todos por igual.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera…

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