COBRE LO QUE COBRE…

 

En pleno siglo XXI en el que los delitos son frecuentemente informáticos me asombra ver como prolifera día a día el robo de un metal de transición (y no porque éste se descubriera en una época en la que España estaba cambiando, sino porque en la tabla periódica es el lugar que le corresponde), les hablo del cobre. Según cuenta la prensa, estos robos se producen por la facilidad que tiene el metal para venderse en el mercado negro, mercado que dado el color del elemento químico podría ser tranquilamente rojizo, alcanzando ya precios que oscilan entre 3,90 y 6 euros el kilo. Dependiendo de cómo esté la bolsa ese día.

Para aquellos que no conozcan muy bien las características del cobre, sobre el mismo se puede decir que es como Fernando Alonso, un buen conductor, además de cotizarse muy alto, como el piloto asturiano, por la gran demanda que existe en todo el mundo. Y lo que hace más fácil deshacerse del cobre que se roba, es que éste no deja huella puesto que no hay forma humana posible de que el metal se pueda marcar. Aunque siempre hay algún despistado que olvida que para vender cobre hay que llevar los cables pelados y no con el distintivo de la empresa de dónde los has adquirido ilegalmente.

Uno de los mayores afectados por estos robos, y según apunta el periódico El País, es Endesa que en 2010 perdió casi 5 millones de euros por culpa de los robos de cobre sufridos en sus centrales. Ahora se entiende un poco que nos hayan subido tanto la luz. Quizá sea la forma de contrarrestar las pérdidas ocasionadas por aquellos amigos de lo ajeno y que se han ido llevando poco a poco el cable que nos suministra energía.

Pero si les soy sincero, yo por 4 ó 5 euros no me juego el tipo y me llevo un calambrazo para hacerme con unos metros de cobre. Prefiero buscar algunas alternativas y ahondar dónde a nadie se le ha ocurrido antes. Y como ejemplo se me ocurre la cabeza de mi abuela. No, tranquilos que mi abuela ni fue a la guerra y ni le pusieron 4 placas de cobre por culpa de la metralla de los proyectiles. Me refiero a las horquillas que lleva que aunque no sé si son de cobre o no, hace tanto que las lleva que el color rojizo me hace pensar que así es.

Otra mina de oro cúprico la pienso encontrar en el bote de las calderillas que guarda mi madre en la despensa. Ahí pone tooooodas las monedas de uno y dos céntimos, como dice ella, para cuando haga falta y no tenga cambio. Quien me iba a decir a mí que entre tanta “perra chica” me iba a hacer rico. No obstante, si la vigilancia de estos dos núcleos activos de cobre es alta y no me es posible llegar a ellos, siempre puedo empeñar mis medallas del colegio. Ahora me alegro de llegar siempre el tercero y llevarme la medalla de bronce, que aunque este es una aleación de cobre y estaño, seguro que cuela. Así que aunque tenga un gran sueldo y éste me sobre, cobre lo que cobre, me haré rico con el cobre.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera…

 

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