CON LA OREJA ENCENDIDA…

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Me gusta escuchar más que oír. Es uno de mis deportes favoritos y suelo tener como terreno de juego la playa. Tumbado en la arena sobre mi toalla de un desaparecido partido político (solo para demostrar que las formaciones políticas también desaparecen), me encanta afinar el oído y centrarme en lo que hablan aquellos que disfrutan de un día de playa charlando sin parar.

Hay que decir que para practicar este sano deporte sólo hay que ir solo a la playa y tener, como la tengo yo, la suerte de poder oír más de lejos que de cerca. Aunque sí no tienen éste don, con ir a la playa un sábado, domingo o festivo lo tendrán muy fácil por la proximidad existente entre playeros y playeras.

Sobre las conversaciones más interesantes, por no guillotinar lo escuchado, me gustaría resaltar la de un joven de mediana edad, capaz de hacer un resumen de la política regional y nacional en cuestión de segundos y con una frase lapidaria: “son todos unos hijos de p…”. A su lado, la que podría ser su madre, se preocupaba de asuntos más importantes como podían ser las últimas andanzas de Belén Esteban o dónde acabarán los tertulianos de un programa del corazón a punto de extinguirse.

Allende, dos jovencitas de muy buen ver, hablaban de sus piercings y de sus tatuajes y de sus proyectos de futuro: Más piercings y más tatuajes. Y por último no podía faltar la típica pareja de jubilados, amigos desde hace años y que no paraban de charlar sobre deporte, concretamente fútbol. Curioso, porque siendo de equipos opuestos, no parecían llevarse mal, solo tenían malas palabras para los árbitros.

En realidad, ustedes pueden estar pensando que soy un indiscreto y que en vez de meterme en lo mío y abstraerme como hace mucha gente con unos auriculares del ruido mundano, he preferido enterarme de lo que sucede a mi alrededor. Pues sí, puede que haya pecado por tener la oreja bastante activa pero que mi desfachatez no eclipse las preocupaciones de aquellos que disfrutan de un día de playa o que en definitiva quizá tomaron demasiado sol en la cabeza.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera…

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