“Venía a pedir un aumento de sueldo. Siempre y cuando no le moleste”. Un estudio revela que las personas agradables cobran menos.

Pues ya lo que me faltaba por oír. Si de repente uno se cree que la amabilidad estará recompensada en el futuro, esa buena manera de actuar se diluye cada vez más cuando uno lee estudios como el que ha presentado ‘The Journal of Personality and Social Psychology‘ donde se detalla que aquellas personas que son más agradables en el trabajo tienen tendencia a cobrar menos dinero que aquellos compañeros que no lo son.

El informe, que han elaborado para la revista investigadores de varias universidades australianas tras analizar las circunstancias de 10.000 trabajadores, revela que el ser educado, dar los buenos días, preocuparse por los compañeros del trabajo o simplemente felicitar las navidades, convierte a estas personas en trabajadores menos agresivos. Algo que, según argumentan,  puede ser bastante necesario en el entorno laboral en algunas ocasiones.

La diferencia entre un compañero desagradable y uno sonriente, educado y correcto se traduce en lo que cobra cada uno puesto que el primero puede llegar a cobrar un 18% anual más que sus compañeros. Al parecer y como apuntan en el estudio, esto se debe a que las personas menos afables tienden a ser más asertivas en las negociaciones salariales que sus compañeros simpáticos, a los que se suele ascender con menos frecuencia.

Es por eso que entiendo ahora la mala uva de algunos compañeros de trabajo que me he encontrado y que llegaron muy alto en su día. Yo por el contrario, he ido cobrando de más a menos cada vez que me echaban de un trabajo y terminaba en otro. Por eso al leer este estudio me he dado cuenta de que es verdad eso de que “El vil siempre será rico, porque es menos servil y casi nunca abre el pico”.

Pero si les soy sincero, creo que de todos estos que por el camino me encontré, son pocos los que siguen en sus altos cargos, porque en las cumbres más altas es donde reposan los buitres y a falta de carroña bien te sabe el mordisco de un congénere. Y si algo me diferencia de ellos es que yo al menos no tengo que dormir con un ojo abierto por si me quieren quitar de en medio porque como siempre digo: “No hay mayor tranquilidad para el pobre, que saber que nada tiene, pero sentir que por ello mucho vale”.

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera…

 

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