“El día que desaparezca el Whatsapp todos moriremos”. La aplicación de mensajería gratuita genera altos índices de dependencia.

Imagen: abc.es

 

Desde que saliera la aplicación de mensajería Whatsapp todo han sido buenas sensaciones y halagos para los creadores de un sistema que te permite estar conectado 24h con cualquier contacto telefónico alrededor del mundo y encima de manera gratuita. Pero todo aquello que tiene un lado bueno, también tiene un lado malo. Sólo hay que fijarse en lo guapa que es Rosy de Palma de espaldas.

El lado oscuro, siniestro y kafkiano de este sistema es la dependencia que ha generado en sus millones de usuarios quienes temen, ya no quedarse sin batería, sino también que la operadora sufra una caída del sistema de datos y la app deje de funcionar. Para aquellos que ya hayan experimentado estos casos, además de rotura de móvil, robo o imposibilidad de acceder a internet…se abre un nuevo mundo, el de la “ansiedad guasapiana“.

Los síntomas son muy similares a los que presenta una persona con depresión, dependiente a algún tipo de fármaco o enganchada a la telebasura de Telecinco: opresión en el pecho, respiración entrecortada, disminución de la capacidad pulmonar y cambios de humor repentino. Y todo ello porque no se puede conectar a una aplicación que hace unos pocos años no existía y que ahora se ha convertido en “extremadamente necesaria”.

Cierto es que en algunos casos el Whatsapp ha salvado vidas. Personas atrapadas que gracias a la app pudieron ser localizadas. Pero también el mismo invento ha destrozado la vida de otras tantas personas, por la desconfianza que ha generado el ‘no contestar’ en tiempo y forma a un mensaje recibido, por ejemplo, por la pareja y que ésta se toma como rechazo o disminución del afecto de su media naranja; tal y como explica racionalmente el psicólogo Enrique García Huete en el diario ABC.

Pero lo cierto es que el Whatsapp ha unido más que separado. Ha servido para que se elimine de una vez por todas esa degeneración literaria que provocaron los sms tan ‘difcl d eliminr’. Y encima nos ha salido gratis. Eso sí, para evitar caer en la adicción un sencillo consejo: elimine los avisos sonoros de la aplicación para que sea usted quien decida cuando mirar el teléfono y no sea éste quien le diga cuando tiene que hacerlo. Y ahora si no les importa les dejo, llevo 15 minutos sin mirar el mío y ya empiezo a sudar.

 

Esta es la crónica habitual, de un día como otro cualquiera…

2 Comentarios Agrega el tuyo

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